INNOVEMOS ALGO ¡YA!
MARÍA EUGENIA GONZÁLEZ PEREYRA
Zana-horias
Viernes 10 de Abril de 2026 11:39 am
Hay una idea arcaica, tejida por generaciones en nuestro
propio corazón, que nos ha convencido de que el sacrificio es la moneda del
amor. Que entregarse hasta el agotamiento es prueba de bondad, de vocación. Y
que ponerle valor a lo que uno ofrece es, de algún modo, ensuciarlo. Una creencia como ésta nos llega por herencia. Y la
vivimos sin cuestionarla. Pero hay algo que esa creencia no dice: quien se quita el
bocado de la boca para dárselo al otro no está siendo buena persona. Se está
lastimando. Y le está robando, sin saberlo, lo que sí podría darle al llegar
con el estómago lleno. Porque cuando tú te cultivas por dentro, cuando creces y
llegas al otro desde tu absoluta plenitud y no desde un hueco, puedes dar de
verdad, para que el otro reciba algo real. Es la diferencia entre una zanahoria
fresca y una dibujada en papel. Dar desde la carencia no construye. Aunque venga envuelto
de buena intención, lo que nace del vacío llega vacío. Al ser unos malos
"buenos" arrastramos al otro al vacío; además, si quien recibe no lo
hace con la certeza de merecerlo, de nada sirve el mayor ímpetu que le puedas
dar. En cambio, cuando quien nos
acompaña, quien nos escucha, quien nos sostiene, tiene una vida digna y tiempo
para sí mismo, lo que nos da tiene raíz, tiene la continuidad que nos aporta un
bien. Porque tener lo suficiente significa cubrir las propias necesidades y
que, además, nos alcance para compartir. ¿Por qué entonces nos cuesta tanto remunerar lo que
recibimos? Quizás porque confundimos el precio con la codicia. Quizás porque
esa vieja creencia nos dice que quien cobra lo hace por avaricia. Pero nadie
puede florecer solo con aplausos que no alimentan. Las personas merecemos una
vida digna, en lo económico, en los espacios que nos damos como individuos y en
nuestros descansos. También está bien cerrar la cortina; está bien detenerse
a respirar, así como es correcto regar la tierra para que no se marchiten las
flores. Porque un árbol que no bebe no da sombra; no hay virtud en agotarse
hasta desaparecer. La palabra mágica es equilibrio. Este ciclo solo se
sostiene en equilibrio. El que cobra merece soltar la culpa y la vergüenza de
valer. El que paga, ha de abrir la cartera con alegría, sabiendo que todo lo
que remunera con genuina gratitud regresa multiplicado. ¡Innovemos algo ya! Remunerar lo recibido no es limosna
ni es la codicia del otro; es el equilibrio que sostiene una mejor
conceptualización del ser, es el amor evolucionando.
*Terapeuta Emocional
