Trump, derrotado por Irán
CARLOS RAMÍREZ
Viernes 10 de Abril de 2026 11:26 am
La crisis de Estados
Unidos con Irán ilustró los márgenes reducidos y desgastados de Donald Trump
como presidente de la nación todavía más poderosa del mundo: una cosa es que su
estrategia de reconstrucción del imperio americano sea la correcta en la lógica
conservadora, pero otra cosa muy diferente que aparezca amenazando un día sí y
otro también con acabar con el mundo y ya nadie le crea. Venezuela, Cuba, México e
Irán ya le tomaron la medida al presidente estadounidense; inclusive, la
presidenta de México ha aportado un elemento de sensibilidad racional que se ha
tomado casi como categoría geopolítica: la “cabeza fría” no es otra cosa que
dejar que las calenturas imperiales pongan las cosas en su lugar, lo que en
buen lenguaje mexicano se resumiría en la percepción de: “déjenlo solito que se
haga bolas”. The Economist lo apreció citando a Tzun Zu y poniendo a Xi
Jinping como beneficiario: “nunca interrumpas a tu enemigo cuando está
cometiendo un error”. El estilo personal de
ejercer el poder del presidente Trump se mueve entre la lógica imperial muy
bien razonada por el Proyecto 25 de la Fundación Heritage y el exceso de
bravuconería que tergiversa la estrategia. Los estrategas
geopolíticos de Estados Unidos no entendieron el significado del
desmoronamiento de la Unión Soviética y su coincidencia histórica con el
Consenso de Washington también en diciembre de 1989 para dar el salto histórico
a la globalización que antes pertenecía a EU como centro geométrico productivo,
tecnológico, financiero y militar. El fin del ciclo de la
guerra fría y el inicio del periodo de globalización de mercados condujo a
presidentes de EU sin sensibilidad geopolítica ni de seguridad nacional. El
recordatorio de la agenda árabe estalló en 2001 y la Casa Blanca respondió en
su viejo esquema reaganiano de desplazar tropas e invadir países con el error
estratégico de querer cambiar regímenes de gobierno teocráticos por democracias
occidentales imposibles de procesar. La ofensiva militar y de
seguridad nacional de Trump contra Irán produjo el asesinato nada menos que de
un Ayatolá y de varios miembros de la línea dura de Irán, pero careció de una
propuesta de reorganización en las relaciones bilaterales. Las informaciones
que se están revelando sobre los objetivos personales de Trump han probado la
falta de un proyecto para reorganizar Irán y muy pronto se supo que toda la
escandalera del fin del mundo era una verborrea para reproducir el modelo de
Venezuela: quitar a un presunto dictador y poner a un títere local, pero sin
modificar los regímenes de gobierno. Irán le tomó la medida a
Trump y jugó a lo que podía acreditarse como una ruleta rusa: obligar al
presidente de EU a realmente lanzar un ataque total para liquidar a la
civilización iraní, en el entendido de que en términos bélicos la destrucción
era prácticamente imposible a menos de que lanzara una bomba nuclear. Trump está jugando como
empresario, pero con funciones de un jefe de imperio económico. Cuando anunció
que en horas iba a lanzar un ataque final sobre Irán para “desaparecer a toda
una civilización” de la faz de la tierra, los dirigentes sobrevivientes de
Teherán se percataron de que estaban frente a un bocón que ya no tenía juego en
las cartas de su mano. En los hechos, la
estrategia profunda y de largo plazo de Trump ganó en el enfrentamiento con
Irán, pero en la geopolítica perdió la legitimidad por tratar de imponer un
esquema económico y geopolítico a partir de los intereses estadounidenses. La
amenaza de Trump, en modo de furia tiránica, de liquidar a la OTAN causó buena
impresión en el este de Europa y Asia e hizo soñar a Rusia y a China que la
línea roja postsoviética que llegaría a la frontera rusa después del fin de la
guerra fría se replegaría hasta las costas estadounidenses del Atlántico. Trump
abrió sus cartas antes de tiempo y luego tuvo que recular porque la frontera
estratégica de Washington está justamente en los países europeos de la OTAN
occidental.
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