Ciencia o asistencialismo: dos modelos
JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ
Para mi padre Emilio, que siempre fue mi faro.
Lunes 13 de Abril de 2026 1:28 pm
La
presidenta Sheinbaum explicó con claridad, refiriéndose a la epopoya de Artemis
II, porqué el modelo económico de la 4T está destinado, como lo vemos día con
día, al fracaso. La mandataria, una doctora en física, se preguntó si los
recursos económicos destinados a la exploración lunar no deberían utilizarse en
mejorar la calidad de vida y combatir la pobreza extrema de millones de
personas, dijo que, aunque reconocía el avance tecnológico, "siempre va a
quedar la pregunta" sobre la prioridad del gasto, sobre si deberían
hacerse esos programas mientras existe pobreza en el mundo. En otras palabras, si
era mejor invertir en ciencia o en asistencialismo social. Si
esa fuera la lógica, la humanidad no hubiera avanzado tecnológicamente nunca,
viviríamos en la edad de piedra, quizás la más igualitaria de la historia,
nadie tenía nada, salimos de ella por el fuego y el uso de herramientas. No se
comprende que el desarrollo, la tecnología, la inversión en la innovación y la
búsqueda de nuevas metas es lo que ha cambiado la historia. Y lo que hace próspero
a un país. Menos aún se comprende todo lo que está detrás de la actual carrera
especial que definirá algo tan intangible hoy como la nueva cosmografía
política. Por eso en esta carrera están Estados Unidos y China, la India Rusia
y la Unión Europea, pero también muchos otros países y empresas que participan
de alguna forma en ella, tratando de obtener parte de esos beneficios. México
no tendría que ser ajeno a ese proceso: el tamaño de mercado de la industria
aeroespacial se estimaba en 11 mil 200 millones de dólares en 2024 y podría
llegar a 22 mil 700 millones de dólares en 2029, con un crecimiento anual
cercano al 15.18 por ciento, cuando nuestra economía prácticamente no ha
crecido en los últimos ocho años. Son todas inversiones privadas sin
participación del Estado. México
es el segundo productor de artículos aeroespaciales en la región, con cadenas
de suministro que incluyen componentes, estructuras, propulsión y ensambles. El
sector exportó más de 10 mil 700 millones de dólares, casi toda su producción. La
actividad se concentra en clústeres regionales con alta especialización y
certificaciones industriales, lo que le da competitividad frente a otros
países. Querétaro y Guaymas, son ejemplo de ello. El
desprecio por la ciencia fue una de las marcas indelebles de la administración
López Obrador. No sólo recortó drásticamente los recursos para el sector, sino
que instrumentó una estrategia política de deslegitimación, presentó a los
investigadores y científicos como parte de una élite desconectada del pueblo y
sospechosa de defender intereses corporativos, lo que sirvió como coartada para
una política de austeridad que golpeó a instituciones, centros de investigación
y programas estratégicos. La
ciencia dejó de ser vista como una inversión de largo plazo y pasó a tratarse
como un gasto prescindible. Se redujeron apoyos, se debilitaron fideicomisos, desaparecieron
becas, se frenaron proyectos y se concentró la toma de decisiones en el Gobierno
Federal. En vez de fortalecer capacidades científicas, el gobierno optó por
centralizar, recortar y sospechar de quienes producían conocimiento. Hubo
fiascos asombrosos, como el intento de producir la vacuna Patria. El
problema no fue sólo la falta de dinero, sino el desprecio político hacia la
ciencia. El obradorismo nunca entendió que un país que aspira a desarrollarse
necesita una comunidad científica sólida, autonomía intelectual y
financiamiento sostenido y sobre todo ligado a procesos productivos. En cambio,
se impulsó una visión ideológica y defensiva, en la que la ciencia quedó
subordinada al relato presidencial y a la lógica de la austeridad. Esa
combinación generó no sólo menos recursos, sino también un mensaje peligroso:
que investigar, cuestionar y producir conocimiento podía convertirse en una
actividad incómoda para el poder.
Lo
más grave fue que el conflicto con el sector científico se convirtió en parte
de una narrativa más amplia contra órganos autónomos, especialistas y élites
técnicas. En lugar de reconocer a los científicos como aliados del desarrollo
nacional, los trató con sospecha. Así, el daño no fue únicamente presupuestal:
fue institucional, simbólico y político. México terminó el sexenio con una
comunidad científica golpeada, sin respaldo y distante del Estado.
