EL VALOR CONSTRUCTIVO DE NUESTROS PASOS
VÍCTOR CÓRCOBA HERRERO*
Lunes 13 de Abril de 2026 1:27 pm
NUESTRO tránsito por aquí
abajo requiere de un espíritu universal, apoyado en una mejor comprensión mutua
y en una amistad verdadera, con abecedarios desinteresados, que contribuyan así
a reconstruir una atmósfera más armónica, donde todos nos podamos sentir
hermanados, a unos vínculos de entrega y generosidad. Desde luego, el mejor
gobierno no lo imprime la dominación, sino el servicio, la mano extendida y el
abrazo permanente. Nos merecemos, por tanto, otros lenguajes más del alma que
del cuerpo; que sean el preludio de una nueva era, en la cual todos nos
requerimos, para que se promueva la maduración de la cohesión comunitaria y del
bien común. De lo contrario, continuaremos con el calvario de la divergencia y
del rechazo a cooperar unos con los otros.
Las trágicas evidencias de estas riadas de
dolor y muerte, tienen que cesar de inmediato. Hemos venido a conciliar
posturas y a reconciliar latidos, no a truncar existencias, ni a destrozar
sueños de esperanza, como si la convivencia humana fuese el escenario de un
videojuego. La inhumanidad es manifiesta, nadie considera a nadie; y aunque los
trabajadores sanitarios, las instalaciones y las ambulancias están protegidos
por el derecho internacional humanitario, el ataque es permanente, sin
miramiento alguno. Hoy, más que nunca, necesitamos recursos de todo tipo, sobre
todo acompañamiento para seguir auxiliando a las personas que lo necesitan;
ante el cúmulo de hechos violentos y de absurdas contiendas, por todos los
rincones del mundo. La cruel realidad de un orbe globalizado nos
llama a repensar situaciones, conciliando actitudes. Desde luego, debemos cesar
en los enfrentamientos, antes que la derrota de la humanidad sea real, con la
consabida sed de quietud que tenemos, poniendo fin a la prepotencia, a la
exhibición de la fuerza y al desinterés por el derecho. Por desgracia, en
demasiadas ocasiones, las batallas comienzan en nuestro propio círculo
familiar. Sin duda, uno ha de aprender ya no sólo a reprenderse, también a ser
indulgente consigo mismo, porque nos conviene la relajación antes que el rigor
de su aplicación en las cosas que debemos hacer. No hay mejor virtud que
aprender a interrogarnos a nosotros mismos, para poder amarnos y poder amar a
los demás. En efecto, la vida no es fácil para nadie.
Uno tiene que ser muy auténtico para darse cuenta de esto. Indudablemente, el
mantenimiento de la concordia entre corazones, comienza con la autosatisfacción
de cada pulso, poniendo la inteligencia al servicio del níveo amor.
